Con toga y birrete: así se graduaron 25 habitantes de calle de Medellín

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Fue ante la desgracia que un grupo de 25 habitantes de calle de Medellín se probaron que habían aprendido a leer y a escribir. Luego de seis meses de unir letras, de sortear intentos hasta lograr firmar con su nombre y apellidos y de hacer sus primeras sumas y restas en ábacos, usaron el conocimiento adquirido y le escribieron una nota al compañero que falleció en agosto pasado.

Luis Fernando Bermúdez, como ellos, llegó al salón de clase de Centro Día, que aloja a habitantes de calle de Medellín para brindarles atención básica, para saldar una tarea pendiente con su infancia: aprender a leer, a escribir, a realizar operaciones aritméticas y a comprender lo esencial sobre la ciudad y el país.

No fue tan tarde. Luis Fernando, a quien sus compañeros recuerdan por el compañerismo y la disposición en las clases, murió de un ataque de asma, pero alcanzó a gozar del deleite de aprender, aunque fuera adulto y su casa fueran las calles del centro de la ciudad.

“Dios mío, que usted lo tenga en eterno descanso y descanse en paz, porque él era muy buena gente con nosotros”, le escribió su compañero Carlos Mario Amezquita. “Gracias por tus detalles, por compartir con nosotros tus alegrías y tristezas. Con tus dulces siempre te recordaremos como el gran artesano que eras”, continuó María Elena Arenas. “Padre celestial, yo sé que usted lo necesitaba a él”, le escribió Bethy Eugenia.

Carta a Luis Fernando2

 

 

Así, 25 habitantes de calle en condición de analfabetismo, entre los 25 y los 60 años, le escribieron a Luis Fernando y confirmaron que nunca es tarde para aprender. Julieth Ramírez, la docente de la Fundación Bien Humano que acompañó el proceso, apoyado por la empresa Madecentro y por Centro Día, cuenta que al comienzo no todos sabían firmar con su nombre e incluso les costaba reconocer las denominaciones de los billetes y las monedas y afirmaban que desconocían tener derechos.

También resultó difícil el hecho de que la población fuera fluctuante debido al consumo de sustancias alucinógenas. Por ejemplo, la asistencia los lunes era muy reducida, porque los habitantes habían recaído el fin de semana. Algunos se dormían en las actividades que exigían mayor concentración, como escuchar lecturas colectivas, y hubo unos pocos, seis, que desertaron del proceso.

Sin embargo, aquellos que persistieron, que fueron cada lunes y miércoles de 7 a 11 de la mañana, obtuvieron grandes logros. Por ejemplo, construyeron mapas de los parques Bolívar y Berrío, que suelen ser sus entornos. Algunos que aún tienen contacto con las familias se atrevieron a contarles con orgullo que estaban estudiando.

El pasado 3 de noviembre, con cartón, toga y birrete, el grupo se graduó de este proceso de alfabetización. Asistieron algunos familiares, para quienes resultaba sorprendente ver a sus hijos, hermanos y padres descarriados culminando con éxito un proceso así. Para todos, quedó la sensación de que leer y escribir es la antesala de su recuperación. 

 

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Noviembre de 2017

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