Fundación Bien Humano

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Elvia tiene dos hogares

Elvia Moreno trabaja desde los 14 años en labores del servicio doméstico. Como ella misma lo dice, sabe hacer muy bien su oficio, pues gracias a ello ha podido permanecer sin problema alguno durante casi tres décadas en los diversos hogares donde ha prestado sus servicios.

En su pueblo natal, el Alto Baudó (Chocó), Elvia hizo hasta cuarto de primaria, pero pronto tuvo que emigrar. Llegó a Medellín a sus 19 años, y logró ubicarse como empleada interna en casas de familia. Con el paso de los días continúo estudiando los fines de semana. Luego llegaron sus hijos: Jennifer, Cristian David y Luciana.

“Cuando uno trabaja como interna se siente muy cohibido, no es fácil llegar a una casa que no es la de uno”. Sin embargo, Elvia ha sabido manejar muy bien las adversidades y ha establecido una buena relación con las “señoras de la casa”.

Ese es el caso del trabajo con el que cuenta ahora, en el que está a punto de cumplir 10 años. Reconoce que al principio fue muy difícil porque la “patrona” no la dejaba hacer las cosas y todo se lo corregía; con el pasar del tiempo todo cambio gracias a que ella le tendió un puente de diálogo para llegar a acuerdos. Allí, donde “Doña Luz”, Elvia recibe pago cumplido de su salario, subsidio de transporte, las prestaciones sociales y, quizás lo más importante, un trato digno y humano.  

Y es que tener un contrato con todas las prestaciones de Ley, tema por el que vela Utrasd para cada una de sus afiliadas, es un factor determinante para tener calidad de vida y poder afrontar situaciones difíciles. Evidencia de esto fue el 2019, un año muy duro para Elvia, al que logró sobrevivir gracias a estar cotizando en el sistema de salud. Por cuenta de múltiples patologías estuvo cerca de 5 meses hospitalizada, 5 meses en los que nunca se sintió sola. Algo que hoy recuerda como un milagro.

En Colombia, según un estudio publicado en 2019 por las investigadoras Viviana Osorio y Carmenza Jiménez, alrededor de 50.000 empleadas domésticas no cuentan con ningún tipo de cobertura en salud. Una situación dramática, en buena medida, legitimada por la cultura de pago informal (e ilegal) que persiste con el empleo doméstico.

Gracias a que venía cotizando en el sistema de salud desde el año 2003, Elvia pudo recibir toda la atención en las dos clínicas donde estuvo hospitalizada, así como los medicamentos requeridos. Además, tuvo algo más con lo que no contaba. “Doña Luz” continuó pagando su salario para que sus tres hijos pudieran saldar el arriendo, los servicios públicos y el mercado, así como subsidiar el transporte para ir a cuidarla al hospital.  Es decir, su “patrona” estuvo allí en el momento que Elvia más lo necesitó.

“Con mi enfermedad Doña Luz aprendió a valorarme más. Me ayuda en las cosas que yo no puedo. Antes yo comía en la cocina y ahora me dice: tú eres parte del hogar, me haces compañía y por eso siempre comerás en el comedor conmigo”.

Y es que el respeto mutuo, el tiempo compartido y las historias construidas, son elementos innegables que surgen en las familias que solicitan servicios domésticos y que encuentran en las mujeres que ejercen con profesionalismo esta labor, la extensión de la familia que, sin ser de sangre, pero a través de la incondicionalidad fortalecen las relaciones humanas entre empleada-empleador.

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