Fundación Bien Humano

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Emilse: cara alegre del trabajo doméstico

Emilse Moreno Ramírez no tiene el rostro de una abuela, pero si el carisma. Apostar por cuál es su edad, sería casi, una pérdida segura. Sus rasgos juveniles son imposibles de omitir, tanto como el color en cada una de sus prendas ¡todo en ella es alegría!. 

A sus 42 años cuenta la historia que a muchos les tomaría toda una vida. Una trabajadora doméstica que cimenta su vida en el valor de la palabra, pues siempre ha hecho valer sus derechos.

De la mano de la solidaridad esta mujer, madre, abuela y soñadora, ha labrado un camino en el que espera la puedan acompañar otras mujeres que ofician en torno al cuidado de los hogares: “algo que sencillamente no tiene estrato”, dice.

Prueba de su afirmación es que su primer empleador fue una familia de clase media. “A ellos no les sobraba un peso, pero ambos trabajaban y no tenían una red de apoyo, así que debían confiar el cuidado de su hijo a un tercero”, comenta Emilse.

De acuerdo con mediciones realizadas por el Departamento Nacional de Planeación, la economía del cuidado puede llegar a tasarse en hasta un 19% del producto interno bruto del país, lo cual evidencia la relevancia para todas las familias colombianas.

La experiencia de Emilse, esa misma que comparte actualmente a nivel nacional e internacional, le sirve para afirmar que la labor doméstica se encuentra en un momento clave porque cada vez es más requerida. No en vano la política y estudiosa de la economía del cuidado, Cecilia López, destaca que esta será la profesión del futuro, en buena medida porque los roles han evolucionado y el lugar de la mujer “ya no está necesariamente en el cuidado del hogar”. Por eso la vida de ella es una lucha silenciosa y cotidiana.

La historia laboral de Emilse comenzó cuidando los hijos de su hermana, quien se desempeñaba como trabajadora doméstica. Desde entonces ha sido un lienzo de matices. Similar a lo que han vivido otras mujeres, en su juventud tomó la decisión de renunciar a un trabajo motivada porque uno de sus patrones, queriendo valerse de su posición de poder, quiso acosarla. “Aquella vez no denuncié porque pensé que iba a destruir su matrimonio”. Luego vinieron mejores días.

En palabras de esta mujer, que pasa sus ratos libres bailando, son dos los momentos que dieron un giro sustancial a su futuro, hoy presente: la familia que decidió emplearme cuando apenas iniciaba mi embarazo, y luego, aquella que me acogió conociendo mi condición de sindicalista.

“La primera porque me recibió muy joven y me cuidó, cuando se suponía que era yo la única que tenía que ejercer ese oficio. Y la segunda, mi actual empleadora, porque me respalda en la defensa de los derechos de un gremio tan grande como invisible: el de las empleadas domésticas”.

Hoy esa misma familia la apoya en el propósito de estudiar inglés y la mantiene al día sobre las posibilidades para hacerse a una vivienda propia. De ahí que el llamado que hace Emilse a quienes emplean mujeres para las labores del hogar es uno solo: “usted puede solidarizarse y darle a su empleada mucho más de lo que debe, pero por favor nunca le dé menos. La empatía y el buen trato deben empezar por casa, y allí es donde habitamos las trabajadoras domésticas”. 

Emilse sabe que creció gracias a una red de apoyo que siempre la rodeó: familia, amigas y empleadores, en su mayoría, justos. Por eso ahora divide sus días entre el apoyo a los suyos, su trabajo y el acompañamiento a otras mujeres para que ellas también logren tejer esa red que las apalanque en ese desafío de ascender socialmente: “para que nunca tengan que sacrificar lo más valioso, su dignidad”.

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