Fundación Bien Humano

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La demanda que salvó dos vidas

“Hay una pregunta que por el resto de mi vida me haré y le haré a cualquier persona que desee emplearme ¿si yo entrego mi tiempo y mi vida para cuidar su hogar, por qué algunos empleadores no nos cuidan?”.

Un interrogante que dicho de otra manera se ha convertido en un principio de vida para Marcela Gutiérrez, una chocoana de 36 años y que hace 15 vive en Bogotá. Una mujer cada vez más sensible a lo que significa la dignidad humana y que suele resumirlo en el trato justo y equitativo entre las personas. Pero Marcela no siempre ha pensado así. Fue el último año y medio el que literalmente revolucionó su vida.

Todo comenzó a finales del 2018 cuando fue contratada para prestar sus servicios como empleada doméstica para una prestante familia bogotana. Su experiencia era garantía de una buena labor, pues desde los 9 años había desarrollado experticia en todas las labores del hogar, obligada por la carente economía familiar en su natal Bagadó (Chocó).

Fueron tres meses de “absoluta normalidad”, hasta que un día Marcela decidió informarle a su patrona que estaba en embarazo. Allí comenzó la tragedia.

Lo primero que hizo la empleadora de Marcela no fue felicitarla ni ponerle a disposición lo necesario para llevar a buen término su gestación, sino que -por el contrario-,  la recriminó señalándole que ella la había empleado sin estar embarazada.

Desde entonces empezaron, día tras día las preguntas, cálidas en apariencia pero cargadas de un doble sentido: ¿Estás segura que quieres tener ese bebé? ¿No crees que la situación está muy dura?

La presión se hizo más evidente cuando, sin razón alguna, la empleadora empezó a descontar de su salario las ausencias por consulta médica e incapacidad. Para ella solo era válido pagar por un trabajo realizado. Marcela, conocedora de sus derechos, le expuso que ella solo estaba exigiendo lo que la ley dictaba.

Finalmente, Marcela habiendo agotado la vía del diálogo acudió al Ministerio del Trabajo en donde establecieron que su empleadora estaba en la obligación de brindarle una relación laboral íntegra, lo cual no solo suponía un salario mínimo sino todas las garantías de seguridad social.

En ese momento Marcela pensó que había cesado la larga noche, pero lo cierto es que con esa decisión solo había desatado la verdadera pesadilla.

Con el paso de los días su empleadora modificó su horario con el propósito de que se viera afectada su calidad de vida. Acción que acompañó con una frase lapidaria: “si no abortas, tienes que renunciar”.

Palabras que calaron fuerte en la cabeza de Marcela, quien no perdía de vista el bienestar de su hija Lorena de 8 años. “Fue tal la tortura sicológica que incluso el aborto empezó a ser una opción real”.

Fue en ese momento que el abrigo de la Unión Afrocolombiana de Trabajadoras Domésticas (UTRASD) resultó, literalmente, vital. Todo porque con su asesoría lograron de manera expedita un nuevo hito judicial, con el cual consiguieron que el contrato a término fijo de Marcela se extendiera hasta el término de su embarazo, devolviendo la esperanza a la madre gestante.

Un logro, en buena medida también, del programa de Inclusión para la Paz de la Agencia de Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (USAID) implementado por la Organización Internacional para las Migraciones (OIM), el cual ha respaldado, asesorado y formado a las lideresas de UTRASD con el fin de que estas puedan empoderarse y apoyar con sus conocimientos a otras mujeres, como Marcela, en la valía de sus derechos.

Cual fuera la sorpresa de Marcela días más tarde cuando durante una consulta prenatal su doctor le expresara que celebraba que el aborto nunca hubiera sido una opción para ella, como ella misma lo narra el doctor le dijo: “que con lo evidenciado en los exámenes esta práctica hubiera podido matarte”.

Hoy Matías, su bebé, tiene siete meses y una sonrisa que pareciera nunca acabar. “Una sonrisa que no se apagó, junto a la mía, gracias a una demanda que nos salvó la vida a los dos”, sentencia Marcela.

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