Fundación Bien Humano

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La dignidad del trabajo doméstico

María Guarín Valencia tenía una vida campesina tranquila entre cafetales y fincas, hasta que en 1999 la confrontación entre guerrillas y el Estado la obligó a abandonar su natal municipio de San Carlos (Antioquia).

Muertes, desapariciones, enfrentamientos a cualquier hora del día, intimidaciones y toda forma de laceraciones y traumas cercando su comunidad fueron suficientes motivos para decidir huir. De allí salió con sus dos hijas, los pocos enseres que pudo cargar y una lección que llevaría consigo para toda la vida: la violencia no soluciona nada.

Llegó a Medellín, ciudad que históricamente se calcula, según datos de la propia Alcaldía, ha acogido algo más de 700 mil víctimas de la violencia. Allí comenzó una nueva vida.

Y con nueva quiere decir que, para alguien que desde que tiene memoria ha labrado la tierra, era inédita la supervivencia laboral en la urbe. Fue por eso que decidió comenzar a trabajar como empleada doméstica. Una labor que empezó siendo una alternativa, y que con el paso de los días terminó por convertirse en su “profesión”. Esa que ejerce con vigor y orgullo.

Ya son 25 años inmersa en tareas del cuidado y las familias. Un empleo que la misma María reconoce se ha transformado muchísimo durante estas dos décadas y media, pero al que aún también señala le falta un amplio trecho para considerarse absolutamente digno.

La anterior afirmación María la sustenta en lo que ha debido sortear, porque ha aprendido a identificar cuando desean contratarla bajo una relación justa y cuando el empleo no es otra cosa que una excusa para el abuso. “No estaba dispuesta a revivir ninguna forma de violencia, esa que dejé atrás con mi desplazamiento”, dice.

Es entonces cuando María enfatiza que para que exista violencia no debe haber una agresión física, basta con sutiles agresiones sicológicas para entender. “En una ocasión me dijeron en una casa que no me atreviera a tocar los huevos AAA, porque esos eran únicamente para la dueña del hogar. Que para ella estaban los más pequeños. Esto sumado a que debía pedir permiso para tomar agua”, recuerda.

“Al siguiente día renuncié. Siempre ha sido así cuando identifico algún abuso o humillación”, agrega. Lo notable de todo esto es que siempre lo ha hecho tranquila y en silencio… la violencia no soluciona nada, diría ella.

Ese carácter la ha llevado a encontrar otras casas que en realidad han sido como hogares. Curiosamente uno de ellos al servicio de personas también oriundas de San Carlos, “que quizás por tener un origen humilde entiendan lo valioso de un buen trato”, destaca María, ahora madre de cuatro hijos.

Todo transcurrió así, hasta que le identificaron una afectación en su mano, a la altura del túnel del carpo. El dolor era insoportable durante su quehacer doméstico, así que tuvo que operarse. El procedimiento no tuvo mucho éxito, razón por la cual vio amenazada su labor. Decidió reinventarse.

Hoy María se reconoce más como una cuidadora del hogar que como empleada doméstica. Si bien María realiza algunas tareas de aseo y cocina, ahora su esfuerzo se concentra en brindar bienestar a los hijos, padres o abuelos de aquellas personas que por su oficio deben apoyarse en terceros para salvaguardar lo que más quieren.

“Y me ha ido bien así porque nunca he acudido a un grito y mucho menos a un castigo físico. He optado por el juego, la creatividad y el diálogo, como lo hice con mis hijos. Algo muy bonito porque, en ocasiones, los niños que cuido son los mismo que me ayudan en algunas tareas básicas del hogar”, menciona ella con un aire casi pedagógico.

Lejos está la vida de María de ser un paraíso, pero más lejos aún de ser el infierno que alguna vez asomó. Ahora sonríe: su hija se ha graduado de la Universidad de Antioquia como socióloga y es la primera profesional de la familia. “Algo posible gracias al esfuerzo y el ejemplo de mi madre”, concluye Erika, su hija mayor.

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