Fundación Bien Humano

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La María que derrotó a Goliat

Son las 7:10 a.m. y María se encuentra frente a la puerta de la casa donde presta sus servicios como empleada doméstica en la Comuna El Poblado de Medellín. Su hora de ingreso es a las 7:30 a.m. pero tiene muy claro que debe llegar con antelación para proceder con lo que ya se ha vuelto casi un ritual: cambiarse de ropa y quitarse los zapatos. Una vez hecho, ahora si puede entrar a la vivienda, descalza, porque allí no se le permite acceder con ninguna prenda propia.

La escena es de hace poco más de 3 años y aún María se pregunta por qué había normalizado ese trato. Son pocas, pero contundentes, las palabras que tejen su respuesta: “quizás porque tenía miedo y no quería que mi familia pasara hambre”. 

La historia de María Chaverra, una afrodescendiente víctima del desplazamiento forzado y habitante de Medellín hace ya 28 años, es la de muchas mujeres que a diario sufren de la violencia y el abuso de sus empleadores, “quienes asumen que porque tenemos un origen humilde y somos empleadas domésticas pueden maltratarnos; lo cual es pura ignorancia de la gente, porque todos somos seres humanos”, afirma esta madre de tres hijos.

Y es que en una sociedad en la que históricamente ha prevalecido la narrativa del conflicto armado y la violencia generalizada, no es raro que quienes lo han tenido que sufrir en carne propia se aferren con alma, vida y corazón a las pocas oportunidades que van hallando en el camino. Ese era el caso de María Chaverra.

Ella fue víctima de discriminación, pero no fue hasta que vio afectada su economía familiar que empezó a comprenderlo. Su empleadora era habitual que acudiera a prácticas como confinarla en un espacio del hogar mientras no estuviera prestando ningún servicio u obligarla a utilizar ciertos platos exclusivamente para ella, “porque no tenía por qué tocar aquellos en los que comía la familia”, recuerda.

Algo que, reitera, normalizó porque no quería poner en riesgo su trabajo. Cualquier día la empleadora de María empezó a pagarle incompletas sus quincenas, así que guiada por la necesidad, María le consultó por el dinero pendiente ante lo cual la respuesta de su empleadora fue que se lo iba a pagar, pero que no la quería volver a ver. “Hace 3 años me despidieron injustamente y no me quisieron liquidar”.

Fue entonces cuando María, movilizada por el amor a sus hijos, acudió a la Unión Afrocolombiana de Trabajadoras Domésticas (UTRASD), donde en alguna ocasión había recibido un curso. Allí inmediatamente la rodearon y la sensibilizaron acerca de todos los abusos que había cometido su empleadora, así como de cuáles eran sus derechos.

Con mucho coraje María regresó a la casa que hasta hace unos días había sido su lugar de trabajo para reclamar, justamente, lo que contemplaba la ley. Sin embargo, la respuesta, similar a la del último encuentro, fue que no le iban a pagar y que la próxima vez que se apareciera tendría que vérselas con los abogados de la familia. Así, en un abrir y cerrar de ojos, María sintió como su empleadora pasaba de la humillación a la amenaza, pensando ahora que no solo podía perder lo que no le habían pagado sino incluso mucho más, en un pleito legal.

Resignada y casi que como cumpliendo un trámite María se acercó nuevamente al Sindicato para contar cómo le había ido. Allí, lejos de alimentar sus temores, la llenaron de fuerza y argumentos para que interpusiera una demanda. “Hay muchas posibilidades para las empleadas domésticas que somos maltratadas, y eso generalmente lo saben muy pocas”, asiente María, quien recuerda que en esa oportunidad fue como si le hubiesen quitado una venda de sus ojos.

Un año más tarde María ganó la demanda y le fueron reconocidos y compensados todos los derechos que le habían sido afectados. “Hoy sé que no podemos vivir con miedo, sin importar las circunstancias. Ese es el aprendizaje que quiero dejarle a mis hijos”, manifiesta orgullosa a sus 41 años.

En la actualidad esta mujer es una muestra del impacto positivo del programa de Inclusión para la Paz de la Agencia de Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (USAID) implementado por la Organización Internacional para las Migraciones (OIM), que tiene como uno de sus objetivos apoyar a las trabajadoras remuneradas del hogar a avanzar hacia una relación laboral más digna y una vida libre de violencias.

Desde entonces, al igual que para sus hijos, María sirve de inspiración para otras empleadas domésticas víctimas de violencia sicológica, económica y hasta física, porque sabe que el silencio es como una sombra que nos persigue y si no se rompe continuará legitimando estas malas prácticas. “Yo solo quiero que, como yo, otras puedan despertar”.

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