Fundación Bien Humano

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Pensionarse como trabajadora doméstica, sí es posible

Floralba Moreno, conocida popularmente como “La Negra” o ´Flor´ es una persona excepcional.

Lo es por su personalidad, su sonrisa e incluso su historia, que en sí misma se configura en un acto de resiliencia, pero quizás lo más extraordinario es algo que ni siquiera ella misma contempla: ‘Flor’ tiene 57 años y una altísima probabilidad de pensionarse. En Colombia, según Fasecolda (gremio del sector asegurador), cerca del 70% de los trabajadores del país no logran pensionarse. Una situación que empeora cuando la estadística hace referencia a labores informales, como lo fue (y lo sigue siendo en miles de hogares que omiten la Ley) el empleo doméstico. 

Y es que esta mujer, oriunda del Alto Baudó (Chocó), pero adoptada por Medellín desde hace ya más de 35 años, tiene una suerte que más allá de asignársela al azar, es resultado de la ética, transparencia y el profesionalismo que ha ejercido a lo largo del tiempo. Por años, el calor de un hogar lo halló en casa ajena. Desde sus 9 años aprendió a cuidar, asear y labrar viviendas diferentes a la suya. No fue su elección ser empleada doméstica. Nunca pudo decidir.

La vida de “La Negra” lejos está de ser un paraíso memorable. Repetidas formas de violencia física y sicológica formaron el carácter que la llevó a migrar de su tierra cuando apenas todavía era una niña, “porque no quería repetir la historia de mi madre”. Viajó a Buenaventura, Bogotá y finalmente -en su temprana adultez- el amor la llevó hasta Medellín.

Sin embargo, como si el equilibrio natural realmente obrara, siempre fue acogida por familias que supieron dignificarla, hasta convertirse en una abanderada de los derechos de las mujeres que ejercen labores domésticas.

Su primera “patrona” la acogió y le brindó estudio en Cali. La siguiente “jefe” le abrió las puertas en la capital de Antioquia para celebrar con ella un intercambio que ninguna de las dos sospechaba: Flor, como la llamaba, cuidó a sus hijas hasta que las entregó casadas, y por su parte “la señora” la acogió mientras dio a luz a su primera hija. Nunca fue recriminada por ser madre, algo que parece normal, pero que en una sociedad como la colombiana es una amenaza intangible para la estabilidad laboral de cualquier mujer.

Tras 22 años en aquel hogar, Floralba llegó a un lugar donde le brindaron algo que ella nunca anhelo, pero que hoy es consciente que está a punto de cambiarle la vida. Fue con esta última familia que escuchó hablar por primera vez de sus derechos en materia de seguridad social. De ahí que hasta hoy complete 22 años, equivalentes a poco más de 1100 semanas cotizadas y esté a punto de iniciar, a sus 57 años, los trámites para pensionarse.

“Solo puedo decir que fue una suerte contar siempre con señoras que tuvieron algo de conciencia social, porque nunca me menospreciaron ni abusaron de mi ignorancia. Gracias a ellas es que hoy tengo una casa, humilde, pero propia; dos hijas profesionales; y la posibilidad de no tener que volver a cocinar y lavar para otros, porque pronto estaré pensionada”, dice orgullosa, pero consciente de que su logro es actualmente algo, cuando menos desconocido, para las miles de mujeres que en silencio siguen ejerciendo labores domésticas y del cuidado sin saber que tienen derechos que las cobijan.

De ahí que, desde hace 6 años, haga parte de la Unión afrocolombiana de trabajadoras domésticas (UTRASD), con el único propósito de defender y guiar a muchas mujeres a las que todavía engañan con la premisa de que empleándolas “les están haciendo un favor” y por eso no deben exigir más que un salario sin nada parecido a primas, salud o pensión.

Floralba se confiesa contenta porque pronto colgará los guantes y la escoba que durante cerca de medio siglo la han acompañado, pero estima necesario continuar apoyando a las mujeres, aún después de jubilada: “porque allí todavía falta mucho oficio por hacer…” 

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