Fundación Bien Humano

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Los conflictos en las familias y el confinamiento por Blanca Inés Jiménez

Las relaciones familiares se establecen por parentesco o por adopción y se caracterizan por una variedad de sentimientos, deseos, intereses y expectativas. En estas relaciones es muy importante el vínculo afectivo, el cual se fortalece con la comunicación, la expresión de sentimientos, la confianza, el reconocimiento y el respeto.  

 

En todas las relaciones humanas son frecuentes los conflictos. Los conflictos se presentan porque somos diferentes, porque tenemos intereses diversos y formas opuestas de hacer valer dichos intereses. El conflicto implica confrontación, pero no necesariamente violencia. Pueden ser tratados mediante el diálogo y el llegar a acuerdos, -los que generalmente se dan cuando ambas partes ceden algo-, o mediante la violencia o la imposición, que se da cuando el más fuerte busca someter por la fuerza al más débil.

 

En este período de encierro en las casas, debido a la pandemia del Covid 19, comúnmente los conflictos familiares se aumentan debido a la necesidad de compartir, de una manera estrecha y permanente, los espacios, los objetos y las actividades. Situaciones de tensión o de dificultad que en otras circunstancias podrían solucionarse fácilmente,  en las actuales pueden y llegar a expresarse de manera violenta. Las tensiones provenientes del temor a enfermar, las diversas demandas que generan el estudio y el trabajo virtual o teletrabajo, la recreación en el espacio de la casa, el cuidado de los menores, y del trabajo doméstico, además de las nuevas situaciones y aún pérdidas económicas, todo ello puede propiciar situaciones difíciles y poca tolerancia frente a los demás. En este ambiente aumentan los conflictos familiares.

 

Presentaré algunas ideas que pueden ayudar a comprender y tratar adecuadamente los conflictos. Para afrontar positivamente los conflictos es necesario entender que el padre, la madre o los adultos (abuelos, tíos) están en momentos muy diferentes a los de los hijos e hijas, y por ello también son diferentes los intereses, las expectativas, las necesidades y la manera de ver el mundo. El problema no es que se presenten conflictos, lo que altera las relaciones es el manejo que se dé a los mismos.

 

En las relaciones del padre y/o la madre, o quien haga las veces, con los hijos adolescentes, son frecuentes los conflictos. Como los y las jóvenes están en un momento de transición entre la niñez y la edad adulta, pretenden distanciarse de los adultos y hacer su mundo sin la interferencia de ellos. Generalmente rechazan o no acogen las normas que se establecen en las familias, tratan de evadir o de enfrentar la autoridad y están cuestionando el afecto: nunca se sienten satisfechos con el cariño que se les da. Se sienten diferentes y en ocasiones se quejan de que no los comprenden o de que no los quieren.

 

Los conflictos entre padre, madre, o quien haga las veces,  e hijos se pueden tratar positivamente; esto se presenta cuando los involucrados logran dialogar, tratar de entender lo que sucede y aún ceder un  poco en sus pretensiones y lograr acuerdos. En estos casos los conflictos no significan malestares o daño en las relaciones. Pero los conflictos también pueden afectar negativamente las relaciones, cuando los miembros de las familias se tratan con violencia física, verbal o sicológica. Esta situación se presenta cuando las relaciones no están basadas en la confianza y el respeto.

 

Los vínculos afectivos se construyen a partir de la convivencia, la cercanía y la influencia mutua de las personas. Es necesario que los padres, las madres y los adultos que conviven en la familia, se pregunten si han logrado tener unas relaciones basadas en la confianza y si los y las hijas se sienten seguros en su presencia. Desde la infancia y en la adolescencia los hijos deben sentir que los padres o adultos encargados del cuidado les transmiten seguridad, lo que quiere decir que, muchas veces sin hablar, tengan la certeza de que no están solos y que pueden contar con ellos aún en los momentos más difíciles.

 

Para lograr unas buenas relaciones es necesario que padres, madres y otros adultos que asumen la crianza, cumplan con sus funciones de protección, apoyo, proveeduría; que la autoridad se ejerza sin violencia, y que las normas no sean resultado de un capricho: “eso se hace como yo digo, porque yo mando aquí”. Cuando la autoridad es caprichosa y en ocasiones agresiva, más que encontrar una respuesta de aceptación y colaboración por parte de hijos e hijas, generalmente encuentra rechazo. Es diferente cuando las normas se establecen por el bien de toda la familia y más que castigos por el incumplimiento de las normas, se establecen responsabilidades y consecuencias. “No puedes darte tal gusto hasta que no cumplas con lo establecido”.

 

Para lograr unas buenas relaciones es necesario una cercanía respetuosa, esto es, que mutuamente se acepten y se quieran tal y como son. No quiere decir que en las relaciones no se promuevan cambios positivos, pero esos cambios no se logran con imposición sino con estímulo. Cuando hay afecto los hijos valoran a los adultos que conviven en la familia: padres, madres, abuelos, tíos, y pueden comprometerse a contribuir para que se dé un ambiente favorable para toda la familia. Cuando los adultos se imponen por capricho y de manera violenta, los hijos también buscan imponer sus propios gustos y necesidades sin tener en cuenta los gustos y necesidades de los demás miembros de la familia. Adultos violentos facilitan respuestas violentas de los hijos e hijas. Cuando las familias han tenido conflictos no resueltos y manejados con violencia, ante las medidas de encierro para prevenir el Covid 19, y el tener que permanecer mucho tiempo juntos, puede aumentar las tensiones y el trato violento.

 

Generalmente las relaciones familiares se fundamentan en el amor, pero también están cargados de sentimientos como rabia, resentimiento, fastidio, malestares. Quienes representan la autoridad familiar establecen normas de convivencia que pueden generar malestar en hijos e hijas. ¿Por qué? Porque comúnmente cumplir con esas normas requiere exigencia, esfuerzo, renuncia, sometimiento y los y las jóvenes se resisten a cumplirlas porque están más proclives a no tener un control del tiempo, a no querer esforzarse, a dejar de hacer lo que les gusta por hacer oficio: tender la cama, lavar, ayudar con el arreglo de la casa, el cuidado de sus hermanos menores, etc. Comúnmente se quejan de que los adultos (padres y/o madres) quieren meterse en sus vidas, en sus amistades, en cómo ocupan el tiempo libre. Los y las adolescentes no tienen  la noción del tiempo de los adultos y por ello pueden pasarse horas y horas frente a un celular o un computador, sin medir los daños físicos o psicológicos que puede tener y sin considerar que otro puede necesitar el equipo. 

 

Cuando las relaciones están basadas en el afecto, fluyen sentimientos positivos como la simpatía, el reconocimiento, el respeto, la confianza y la seguridad. Sin embargo, el hecho de tenerse afecto no significa que los conflictos y los desacuerdos queden excluidos. Por más afecto que haya entre los miembros de las familias no se puede evitar que en algún momento surjan desacuerdos, desencuentros, frustraciones y desencantos. Y cuando estos sentimientos se expresan en forma agresiva o violenta, las relaciones se lesionan.

 

Durante este tiempo de encierro por la pandemia, es necesario que las familias, además de ocuparse del bienestar material de sus integrantes se interesen en mejorar sus relaciones, y una buena manera de mejorar las relaciones familiares es aprender a tener una comunicación clara y sin tensiones. El diálogo abierto, sin tratar de ofender al otro y hacerlo sentir mal, facilitará que las personas que están en oposición, lleguen a acuerdos favorables sin que ninguna de las partes sienta que el otro le ganó. Es como un partido de futbol en el cual los equipos quedan empatados. Por ello, mejorar la comunicación en la familia es un paso necesario para tratar los conflictos de una forma positiva. No podemos aspirar a que los conflictos no se den en las familia, todas las familias tienen conflictos, a lo que sí debemos llegar es a que esos conflictos se resuelvan de manera positiva. El saber tratar adecuadamente los conflictos y aprender de ellos es un paso importante en el fortalecimiento de las relaciones familiares.

Blanca Inéz Jiménez

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