Fundación Bien Humano

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NAVIDAD: Repensando la forma de vincularnos con la familia

Tal vez esta época navideña, donde la solidaridad, el afecto y el compartir, se fomentan con mucha fuerza, pueda ser una oportunidad para repensarnos en la manera como nos vincularnos con nosotros mismos, con los otros y con nuestro entorno, comprendernos como una parte integrante de la naturaleza, y poner la vida en el centro.

Las fiestas decembrinas convocan a que las familias se reencuentren -es común que las personas que viven por fuera de la ciudad o el país, retornen-, que se planeen fiestas, cenas, novenas, paseos y demás tradiciones de la navidad.

Pero más allá de dar cumplimiento a las tradiciones de la época, cabe preguntarse por lo que convoca, por aquello que hace que las personas recorran a veces miles de kilómetros para volver “a casa” o que dejen de lado las actividades cotidianas para acudir al encuentro de los seres amados. Se me ocurre que lo que genera tal anhelo es el vínculo afectivo, el deseo del calor del abrazo, del cuidado, la necesidad de experimentar la existencia a través del contacto con quienes nos dan un sentido de identidad o que lo refuerzan.

Pero si esto suena tan maravilloso porque muchos de los encuentros familiares terminan en disgustos, peleas y a veces en violencia? Me gustaría generar unas reflexiones frente a algunas acciones necesarias para replantear prácticas y creencias generadoras de violencias y desigualdad en la institución familia.

En primer lugar, quiero mencionar la importancia de deconstruir discursos familiares dominantes asociados al patriarcado, el familismo, entendido como la exaltación de la familia como garante del orden social en el que se esconde la inequitativa división sexual del trabajo (Puyana, 2007) y el heterocentrismo que caracteriza la sociedad patriarcal, y la homofobia y discriminación derivadas, en la que pueden producirse relaciones de desigualdad, exclusión y agresión.

Otro elemento que propongo es la focalización en los vínculos, más allá de las tipologías familiares. El vínculo afectivo se fundamenta en la aceptación y reconocimiento del otro sin desconocer las diferencias en razón del género y la generación, en la mirada apreciativa y en diferentes acciones de cuidado. Pero es relevante tener presente que es en el escenario familiar donde se hacen visibles las tensiones de la vida social, no todo es amor y unión, en ella también se vivencia el conflicto e incluso la violencia. La familia como institución cultural, sostiene, perpetúa y transforma valores, creencias y prácticas, por tanto, la familia es en sí misma un campo propicio para la reivindicación de relaciones más democráticas y la promoción de interacciones que le otorguen sentido de derechos y construcción de ciudadanía, que le reconozcan su carácter diverso y plural.

En este sentido otro componente que propongo es la apreciación de lo diverso, dejar de pensar lo hegemónico como armónico y bueno, plantear que es importante movernos de la creencia en que el consenso absoluto es el mejor estado, cuando por el contrario puede ser el fin de las posibilidades de creación. Esta visión romántica expulsa lo diferente, lo distinto. Por tanto, la apreciación de la diversidad, nos convoca a repensar nociones como el amor, el vínculo, la familia.

Y el último elemento es pensar en las relaciones familiares como singularidades entramadas es una invitación a salir de la concepción individualista, de pensar en la autoridad y el respeto como sinónimo de ejercer poder sobre otros. Pensar las relaciones desde la interconexión, nos permite darnos cuenta que la vida es una trama, que todo está conectado. El vínculo es instituido, se construye en la convivencia, la relación familiar es una armonía tensa, que se nutre incluso del conflicto y las diferencias, desde esta perspectiva se puede apostar a sembrar nuevos vínculos que potencien y cuiden la vida. (Namanovich, 2020)

Quisiera terminar señalando que diciembre como último mes del año, genera sentimientos encontrados, es un periodo que convoca a meditar frente al año que termina con sus alzas y bajadas. Pero todo final marca un nuevo comienzo, y este puede ser una oportunidad para repensarnos no solo en los aspectos señalados frente a las dinámicas familiares sino en general en nuestro modo de vivir y relacionarnos con los otros y con el planeta, cuestionar los modelos que ponen en primer lugar valores como la excelencia, la productividad y la competencia que deterioran el lazo social. Tal vez este final de año podamos aprovecharlo para retornar a la búsqueda de lo común, para aprender a habitar la vida de otro modo, en el que pongamos la vida y el cuidado de nosotros y los otres en el centro.

 

Martha Cecilia Arroyave Gómez
Diciembre 2020

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