Fundación Bien Humano

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Crianza, cuidados, formación y responsabilidades de los padres y madres hacia sus hijos e hijas

En las sociedades tradicionales del pasado los roles y funciones paterna y materna estaban muy definidos: el padre proveedor, máxima autoridad y la madre dadora de afecto y encargada de las tareas y oficios de la vida doméstica.  La familia era patriarcal y se caracterizaba por el predominio masculino en el ejercicio de la autoridad y la sumisión de la mujer y los hijos/as a los designios del jefe paterno. La prole y la parentela numerosa era otra de sus características. 

El tránsito hacia la modernidad, a la industrialización, a lo urbano implicó cambios significativos en la concepción y desempeño de los roles y funciones de los padres y madres.  Nuevas instituciones creadas por el Estado y la sociedad empezaron a asumir tareas y responsabilidades que eran propias de la de la familia tradicional.  La educación formal, la atención en salud, el cuidado de enfermos y ancianos fueron, entre otros, funciones y responsabilidades transferidos a la escuela, al hospital y al asilo.

El paso de campesino agricultor, dueño de la tierra y de los frutos de su trabajo, al de obrero asalariado en las fábricas de las ciudades fue el primer campanazo de la quiebra del modelo patriarcal de familia.  El segundo detonante fue la incorporación masiva de la mujer al mundo laboral, su reconocimiento como ciudadana, sujeto de derechos, su acceso al sistema educativo y la posibilidad real de planificar el número de hijos gracias al acceso a los métodos de planificación familiar.  Los bajos salarios y las restricciones a la cualificación de su fuerza de trabajo también fueron determinando la pérdida de poder, imagen, influencia y autoridad del padre en la familia. Todo lo anterior en una sociedad que empezó a cuestionar al autoritarismo y a dar mayor valor a las relaciones democráticas tanto en la sociedad como en las familias. 

La familia nuclear era la forma de familia más extendida y fue considerada como la ideal:  Padre, madre, hijos/as. Se tenía como ideal la armonía y la complementariedad de roles como paradigma de la vida conyugal y familiar.  El divorcio no era legal y la separación recibía una condena social, lo cual reforzaba la unidad familiar junto con la moralidad católica.

Los cambios demográficos, legales, sociales y culturales que se dieron en la segunda mitad de siglo XX incidieron en la transformación de la composición y dinámica familiar.  Nuevas formas de organización familiar se fueron configurando con el aumento de los divorcios y separaciones conyugales. Es el caso de las familias monoparentales de jefatura femenina y las nucleares poligenéticas (los tuyos los míos y los nuetros), resultado de la nupcialidad reincidente.

Inicialmente los efectos de los cambios se percibían como el fin de la familia, y por consiguiente, su desintegración. La investigación y otros enfoques de abordar la familia dieron luces para comprender lo que pasaba: los ajustes de la organización familiar a los cambios y demandas económicas y socioculturales. 

¿Y entre estos “ires y venires” de las familias que sucedió con los hijos e hijas?  De numerosos hermanos pasamos a pocos, producto de la planificación y descenso de la fecundidad y la vida en las ciudades.  En muchas familias se pasó del padre proveedor y autoritario al padre ausente e irresponsable y de la madre hogareña y recluida en la casa a la madre-padre trabajadora generadora de ingresos al hogar.  La función e imagen paterna se fue debilitando mientras que la función e imagen materna se fue sobrevalorando.  En las familias de jefatura femenina, la mujer concentra la autoridad, la aplicación de sanciones y permisos, el vínculo afectivo y los ingresos económicos.  La violencia, el maltrato y el abuso sexual e infantil, por parte del jefe hombre, aumenta su frecuencia e intensidad en las familias.  Aumenta, también, el porcentaje de niños y niñas que crecen con familiares sin la presencia paterna y materna.  Según Profamilia, el 52% de los hijos, en Colombia, son o no deseados o nacen a destiempo.  (Encuesta de Salud y Demografía.  PROFAMILIA.  2015).

Como hecho positivo de los tiempos que corren hay que mencionar el surgimiento de nuevos discursos y narrativas acerca de las nuevas masculinidades y paternidades que reclaman un lugar distinto en los planos de lo personal, de lo familiar y de lo político de los hombres que conlleva formas diferentes de ejercer la masculinidad y la paternidad sin el peso de la figura, el rol y las funciones que le determinaba la institución del Patriarcado del pasado. Hay pues hombres que logran despojarse de la nefasta herencia del machismo, que quieren y logran ser pareja y padres amorosos, cercanos, dialogantes y responsables.

En nuestro país los efectos de la modernidad occidental han de sumarse, en cuanto a las relaciones familiares, a los del conflicto armado, el desplazamiento forzado, la migración por razones económicas y el reclutamiento infantil.  El abandono y la negligencia en las responsabilidades de la crianza siguen vigentes como una nociva práctica cultural que trasciende en el paso de las generaciones.  En los sectores populares de las ciudades algunos niños y jóvenes son involucrados a sus redes y actividades ilícitas por actores armados que infiltran, además, a las instituciones educativas. El trabajo infantil, en condiciones de explotación, aun no se ha erradicado. El embarazo en adolescentes sigue alto (una de cada cinco mujeres es madre adolescente) y baja la edad en el consumo de cigarrillos, alcohol y drogas. Como notas positivas se reseña el interés creciente por la Primera Infancia en las políticas y presupuestos públicos, el desarrollo de la Ley 1098 de 2016  de Infancia y Adolescencia bajo el enfoque de derechos,  la Ley 1361 de 2009 de Protección Integral a la Familias, y su mandato a los entes territoriales a formular, aprobar e implementar una política pública de familia en sus jurisdicciones,  el trabajo en alianza entre los sectores público y privado, y la inclusión del tema de familia en los Planes de Desarrollo Territorial en los departamentos, distritos y municipios, son algunos hitos positivos de incidencia política y acción pública en beneficio de las familias del país.  

La crianza, los cuidados, la formación y la educación de los hijos e hijas sigue, y seguirá siendo, responsabilidad primaria de las familias, independiente de su estructura, composición y organización, por cuanto ella es la primera agencia de formación de los seres humanos.  El Estado, la sociedad, las comunidades, las organizaciones sociales son, como no, corresponsables en el cumplimiento de estas tareas y funciones.  Su papel no es la de sustituir a las familias sino la de apoyarlas, acompañarlas y fortalecerlas.  Todo aquello que las familias dejen de asumir, o asuman a medias, como responsables directos de los hijos e hijas, le toca al Estado y la sociedad asumirlas de una u otra forma. Los estudios e investigaciones en sicología evolutiva, en infancia, en el curso de la vida confirman la importancia que tienen los padres, madres y adultos, o quienes hagan sus veces, en la formación de la personalidad y el carácter de los niños, niñas y adolescentes. 

La presencia, permanencia, constancia y coherencia de los adultos, como figuras de identificación positivas y significativas son muy importantes en los años de formación, desarrollo y crecimiento.   Después de la Primera Infancia, 0 a 6 años, y la Infancia, 6 a 10 años, su influencia entra a competir o se comparte con los pares y compañeros generacionales, los medios de comunicación y, hoy en día, el mundo virtual y las redes sociales.  Cuando se afirmaron las bases, las cepas de la confianza, del afecto, del mutuo respeto, del diálogo, de la autoestima, de la seguridad emocional, de la autonomía, de la solidaridad, de la creatividad y de la conciencia moral, es posible que el niño, la niña y el adolescente integren conocimientos, habilidades y competencias para afrontar los problemas y retos que conlleva el transcurrir del resto de años de su vida personal, familiar, laboral y ciudadana. Cuando las bases familiares no se dieron o fueron endebles los procesos del desarrollo humano y de socialización se resienten. Los infantes y adolescentes requieren, necesitan, establecer vínculos afectivos, maduros y estables, en su medio familiar y social.  Los cuidadores del vecindario, los profesionales expertos del jardín infantil, las madres comunitarias y los maestros y profesores pueden aminorar la carencia afectiva pero no sustituyen a los padres y madres biológicas o adoptantes.

Las prolongadas jornadas de trabajo y las demandas laborales de padres y madres, así como el hecho de que otros agentes externos como los estatales, comunitarios o privados, asuman funciones de atención y cuidados ha conllevado a que los hijos/as pequeños pasen más tiempo con terceros que con sus padres.  Muy rápido transcurren los años de la Primera y Segunda Infancia, años en que la influencia parental es mayor y más decisiva; luego vienen, como ya dijimos, los años de la adolescencia cuando los pares, amigos, compañeros, novios y novias centran el interés y la atención de los hijos/as. El proceso de la búsqueda de autonomía y los conflictos con las normas y la autoridad, propios de la adolescencia, se agravan cuando la relación parento-filial no se afianzó de forma adecuada, en las etapas tempranas del desarrollo intelectual y emocional.

Cuando la pareja convive con los hijos/as, un asunto es la relación conyugal (erótico-afectiva) y otra es la relación de la pareja con su prole. Cuando la convivencia conyugal no es posible y se presenta la separación o el divorcio como un hecho inevitable, surge, también, el riesgo para los hijos de convertirse en objeto de abandono o de disputa entre los padres.  Fenómeno conocido por los expertos en familia como Síndrome de Alienación Parental.  El interés superior de la crianza, la formación y responsabilidad se antepone, en estos casos, a los resentimientos y mutuas recriminaciones de los cónyuges. La separación o divorcio de los padres no debería nunca implicar la renuncia o un obstáculo para que ambos continúen desempeñando sus funciones paternas y maternas. El abandono y el no cumplimiento de las responsabilidades parentales, no solo la inasistencia alimentaria, deben sancionarse desde los tribunales y autoridades competentes.   A semejanza de lo que ya se viene haciendo con el uso de la pólvora por parte de niños, niñas y adolescentes, también deben ser llamados los padres, las madres, los tutores y los parientes a responder por los perjuicios y daños que sus hijos y dependientes causen al entorno y a la sociedad.  Ser responsable implica asumir tareas y compromisos, en lenguaje cotidiano: dar la cara.  Los padres y madres biológicos no pueden ser solo progenitores, y la pobreza o el exceso de trabajo no excusa para desentenderse de la crianza, los cuidados y la formación de sus hijos/as y trasladarles a terceros o al Estado y la sociedad las responsabilidades y obligaciones.

El apoyo y acompañamiento del Estado a las familias no debe reducirse, únicamente, al subsidio monetario, a los programas de salud y nutrición, a la educación gratuita y al acceso a una vivienda digna. El reconocimiento y protección de los derechos ya no solo se circunscribe a los individuales. El legislador, por medio de la Ley 1361 de 2009, de Protección integral a las familias, avanzó en el reconocimiento de los derechos colectivos de la familia en su conjunto. (Consultar la Ley en Google). Es importante y muy necesario que las familias conozcan y demanden ante el Estado y la sociedad estos derechos ya reconocidos por esta Ley.

Como sujetos de derechos y obligaciones los niños, niñas y adolescentes ya no pueden seguir considerándose como “propiedad” de sus padres y madres. Ya pasó la época del autoritarismo paterno o materno, de la irrestricta obediencia, de los internados, de los castigos físicos y emocionales en las familias y los colegios. La añoranza que lleva a revivir modelos familiares del pasado ya no es viable.  La autoridad, y su legitimidad, sobre los hijos e hijas debe ganarse, obtenerse, no por el poder del miedo y la intimidación sino por la vía del ejemplo, el diálogo y la coherencia entre el pensar y el actuar.

La época del Internet, la virtualidad y las redes sociales ha traído consigo nuevas formas de comunicación e interacción entre las personas de todo el planeta. Es un gran desarrollo, irreversible, de la ciencia, la técnica y la tecnología que ha tenido impactos positivos y negativos en la vida doméstica y las relaciones de los integrantes de las familias. El acceso al celular, al computador, a sus contenidos y al tiempo de atención que ellos demandan implican llegar a acuerdos para su buen uso y evitar los riesgos y peligros a los que puedan estar expuestos los niños, niñas y adolescentes. De ahí que resulte necesario establecer un control parental, que no prohibición, de acuerdo con la edad, las capacidades y responsabilidades de los hijos/as.   

La democracia, la formación de ciudadanía es también asunto de la convivencia familiar y escolar. El respeto por la diversidad de opinión, por la escucha activa, por la argumentación dialogada de las decisiones entre la pareja y entre esta y los hijos demanda paciencia, muchos esfuerzos, no es un asunto fácil. Los tiempos actuales son de nuevas definiciones en la expresión y concertación de las relaciones laborales, parento-filiales y generacionales. Sin paternidad y maternidad responsable no hay buena crianza y formación positiva del ser humano.  Al contario del pasado, la vida moderna nos ofrece la oportunidad de mejorar las pautas y prácticas de crianza gracias a los avances de la puericultura, de la crianza humanizada y la educación familiar preventiva, mediante el acceso a las Escuelas y Centros de Familia, públicos privados, para mejorar la convivencia democrática, la comprensión, el entendimiento y la interrelación padres-hijos/as. En todos estos aspectos sí que vale reconsiderar aquella muy conocida creencia popular de que “todo tiempo pasado fue mejor…”. 

 

Luis Julián Salas Rodas
Sociólogo. Especialista Y Magíster en Ciencias Sociales
Magíster en Ciencias de la Educación
Socio de la Fundación Bien Humano
Exdirector Ejecutivo de la Fundación Bien Humano

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